Hay maestros que dejan huella y luego están los que, sin hacer ruido, se quedan para siempre. Miguel Ángel Herrero era de esos. De los que enseñaban despacio, con paciencia infinita y ese punto de seriedad que imponía respeto sin necesidad de alzar la voz, siempre cercano. Un gran profesor, sí, pero, por encima de todo, una buena persona. Un educador de verdad. Un hombre bueno.

Hoy muchos de sus alumnos le decimos adiós. Yo me despido también de quien me abrió por primera vez las puertas del Colegio Claret de Segovia. Tenía apenas 9 años y llegaba asustada a un lugar nuevo, demasiado grande para mí. Y allí estaba él, guiándome con calma, haciéndome sentir que todo iba a ir bien, ayudándome, casi sin darme cuenta, a encontrar mi sitio.

Siempre tuve la sensación de que nunca dejó de saber de nosotros. De que, de alguna manera, seguía pendiente. Siguió mis primeros pasos como periodista, sentía su orgullo cuando nos encontrábamos. Le veía caminar despacio, siempre cuidando de su mujer, con esa serenidad tan suya, tan entrañable.

Era un hombre de valores. De los que enseñan con el ejemplo. Valores que, años después, su propio hermano Alberto también supo transmitir a mi hijo en esas mismas aulas. Y entonces entendí que lo que él sembraba no terminaba en una generación. Continuaba.

Le queríamos tanto… que de niños reuníamos nuestras propinas para hacerle un regalo por su cumpleaños, aquel 27 de abril que ninguno olvidamos. Incluso un año, con apenas diez años, organizamos una recogida de papel por las calles de La Albuera. Porque cuando un maestro es así, uno quiere devolverle, aunque sea un poco, todo lo que recibe.

Hay maestros que enseñan materias. Y hay otros que enseñan a vivir.

Yo tuve la suerte de aprender de él.

Descansa en paz, Miguel Ángel.
Gracias por tanto. 🤍

María Coco Hernando