Un grupo de ancianas emerge de la oscuridad como si acabaran de interrumpir un ritual. Sus rostros, iluminados con crudeza, contrastan con unos cuerpos casi absorbidos por la penumbra. No sonríen. No posan. Simplemente están. Y miran.
La escena, pintada en 1907 por Ignacio Zuloaga, pertenece a esa corriente que buscó retratar una España alejada del costumbrismo luminoso. Aquí no hay color ni celebración: hay silencio, dureza y una atmósfera casi inquietante. Es la llamada «España Negra», el retrato de una visión cruda, sombría y fatalista de España, centrada en la pobreza, la superstición y la religión extrema.
En el lienzo, un grupo de ancianas aparecen con objetos cotidianos (un farol, un huso, un bastón) y, sin embargo, adquieren un aire simbólico en ese contexto sombrío. Una de ellas, en el centro, rompe la escena al mirar directamente al espectador, como si este hubiera irrumpido en un momento que no debía presenciar.
No hay brujas en el sentido literal. Y, sin embargo, todo en la pintura parece apuntar a ellas. Esta obra lleva por título Las brujas de San Millán.
La historia detrás de Las brujas de San Millán
Durante años, la obra ha estado rodeada de interpretaciones que mezclan realidad y leyenda. Una de las historias más difundidas cuenta que un amigo del pintor, al escuchar ruidos en una casa donde se alojaban, creyó presenciar un aquelarre de ancianas iluminadas por cirios. Aquella visión (real o imaginada) habría servido de inspiración para el cuadro.
Pero más allá de la anécdota, la inspiración de Zuloaga parece mucho más terrenal: las mujeres reales que veía a diario. Ancianas vestidas de negro, silenciosas, que acudían a misa y cuya presencia, envuelta en luto y rutina, podía resultar enigmática, incluso inquietante, a ojos del artista.
¿Brujas en San Millán?
San Millán en Segovia es conocido históricamente como el «barrio de las brujas» debido a leyendas locales y a la influencia, precisamente, del pintor Ignacio Zuloaga, quien en 1907 pintó el cuadro Las brujas de San Millán, inspirado en ancianas enlutadas de la zona que acudían a la iglesia del barrio.
La reputación se consolidó por la atmósfera sombría y degradada de San Millán a principios del siglo XX y la presencia de mujeres mayores semiocultas con sayos negros que daban un aspecto místico o siniestro. Un entorno que resumía, según el propio Zuloaga, esa Castilla áspera y profunda que quería retratar.
No obstante, la reputación de San Millán como el barrio de las brujas no solo se fundamenta en su aspecto, sino también en narraciones que han trascendido con el paso de los años. Se cuenta que, en el antiguo palacio Ayala Berganza (donde Zuloaga tuvo su taller), se producían aquelarres. Esta historia surgió tras un crimen real en 1892 que dejó la casa abandonada y marcada por la creencia popular. De hecho, el edificio se conoce como la ‘Casa del Crimen’.
En la actualidad el edificio ha sido rehabilitado y transformado para uso hotelero.

En resumen, más que un hecho histórico documentado de brujería real, la asociación de San Millán con la brujería se debe al folclore y la estética lúgubre de la época. En este contexto, las figuras del cuadro dejan de ser solo personajes para convertirse en símbolo: no representan tanto a brujas como a una forma de vida, a una realidad social marcada por la pobreza, la tradición y formas de vida.
La obra tuvo una gran proyección internacional. Fue expuesta en París en 1908 y en Nueva York poco después, contribuyendo a difundir una imagen de España que no estuvo exenta de polémica. Algunos críticos consideraron que este tipo de pinturas reforzaban estereotipos de atraso y oscuridad; otros, en cambio, vieron en ellas una mirada honesta y poderosa.
Imagen principal: por Ignacio Zuloaga – MNBA logo. Este archivo forma parte de la Colección del Museo Nacional de Bellas Artes y ha sido publicado en Wikimedia Commons gracias a una colaboración entre el Museo Nacional de Bellas Artes y Wikimedia Argentina., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=40852541











