Me alegro mucho, dentro de una enorme tristeza, de que las cosas se empiecen a llamar por su nombre: Acoso escolar. Es duro, muy duro. Asusta decirlo y mucho más escucharlo. La palabra acoso implica mucho, no es común utilizarla si se trata de niños, aunque, lo que ello conlleva, y de alguna forma, viene de lejos. No me negarán que todos, de alguna forma, hemos sido testigos de aquel niño que no ‘congeniaba’ igual con el resto de la clase, de esa niña que era diferente y provocaba las risas de muchos, o de aquel compañero que siempre estaba señalado.

De niños, quizá, no le dábamos importancia, no se la dábamos si no éramos nosotros los que sufríamos cada dardo de la diana. Sin embargo, ¿Qué pasa con aquellos que cada día soportaban las bromas? ¿Eran bromas o era acoso? ¿Somos y éramos conscientes de qué consecuencias ha tenido en su vida?.

Hace un par de años fui testigo de una terrible situación, similar a la que estos días ha saltado en los medios de información de Segovia, y que, este miércoles, ha concluido con la detención de cuatro menores tras las denuncias de un compañero de clase. Simplemente, terrible. Volviendo a ello, les confesaré que fui testigo (y viví muy de cerca) como otros estudiantes de un Instituto, también ubicado en la capital, se mofaban y reían de otro compañero que, con mucho esfuerzo, intentaba cada día integrarse en su clase. Él no es un chico normal, es una persona muy especial, porque lo es y, también, porque una discapacidad, de alguna forma, le obliga a serlo. Durante meses, soportó las risas y burlas de sus compañeros, acabó por quedarse sólo en los recreos y, finalmente, acabó paseando con sus padres o familiares que, al verle sufrir, acudían a buscarle en el recreo y, de paso, a ahuyentar a aquellos que le perseguían por las calles aledañas. No era un niño, es un adolescente especial que ha sufrido, y mucho, la crueldad de otros adolescentes. Les diré, por la cercanía de este caso, que el propio centro conocía la situación. Sin embargo, como en tantos casos, optó por mirar hacia otro lado mientras él tiró la toalla y abandonó el instituto. Quizás ese no era sistema para él pero, ¿se hacen así las cosas? ¿Quién es el culpable de esta situación?.

No quiero que me vean con resentimiento, que un poco sí, pero nuestra realidad es esta. Muchas veces es más fácil mirar para otro lado que tomar cartas en el asunto. Por eso, soy de las que se alegra de que, ahora sí, se hable de acoso escolar. Hemos de terminar con ello, o al menos concienciarnos.

Asusta hablar de acoso escolar, asusta mucho, y asusta escribir sobre ello conociendo incluso más datos de los que puedes contar. No sé a ustedes, pero a mí, sí, me asusta. Siento miedo y más en esta sociedad, y en este momento, en el que los valores han pasado a un segundo plano. Creo que vivimos muy preocupados porque nuestros hijos sean los mejores en todas las cosas y, sin embargo, muy despreocupados en que sean los mejores como personas.

Ojalá estos durísimos casos nos hagan mirar juntos hacia la misma dirección, hacia un futuro con más esperanza.

María Coco, directora Segoviaudaz.es